Yo no sería capaz de indicar cuales tendrían que ser las cualidades ideales de un Corrector General de la Orden Mínima. Pero hubo quien, desde fuera, sí se veía capaz de enunciarlas.
Situémonos en 1788; en mayo de aquel año el Capítulo General reunido en Barcelona eligió como Corrector General al valenciano Padre Castrillo, quien al mes siguiente se hallaba en el convento de San Sebastián de Valencia. Allí fue visitado y agasajado públicamente por el Ayuntamiento y uno de los regidores, Vicente Guerau de Arellano, pronunció entonces un discurso que expresaba el contento de la ciudad por el hecho de que uno de sus naturales hubiese llegado al Gobierno supremo de la Orden mínima. Por suerte sus palabras se imprimieron. Cuando lo leemos nos percatamos de que o conocía muy bien la historia de la Orden o se la inventaba con un descaro sin igual. Porque hacia el final va señalando virtudes que decía habían caracterizado respectivamente a diferentes Generales de la Orden en el buen deseo de que en Castrillo se dieran todas ellas. Así, pone de relevancia el celo de Durand, la vigilancia de Vico, la prudencia de Estela, la piedad de Gasch, la moderación de Sirera y la sobriedad de Cuzzolini. O sea que esperaba que su paisano Castrillo fuera celoso, vigilante, prudente, piadoso, moderado y sobrio. Casi ná.
