lunes, 9 de marzo de 2026

Las cualidades ideales de un Corrector General

 


Yo no sería capaz de indicar cuales tendrían que ser las cualidades ideales de un Corrector General de la Orden Mínima. Pero hubo quien, desde fuera, sí se veía capaz de enunciarlas.

Situémonos en 1788; en mayo de aquel año el Capítulo General reunido en Barcelona eligió como Corrector General al valenciano Padre Castrillo, quien al mes siguiente se hallaba en el convento de San Sebastián de Valencia. Allí fue visitado y agasajado públicamente por el Ayuntamiento y uno de los regidores, Vicente Guerau de Arellano, pronunció entonces un discurso que expresaba el contento de la ciudad por el hecho de que uno de sus naturales hubiese llegado al Gobierno supremo de la Orden mínima. Por suerte sus palabras se imprimieron. Cuando lo leemos nos percatamos de que o conocía muy bien la historia de la Orden o se la inventaba con  un descaro sin igual. Porque hacia el final va señalando virtudes que decía habían caracterizado respectivamente a diferentes Generales de la Orden en el buen deseo de que en Castrillo se dieran todas ellas. Así, pone de relevancia el celo de Durand, la vigilancia de Vico, la prudencia de Estela, la piedad de Gasch, la moderación de Sirera y la sobriedad de Cuzzolini. O sea que esperaba que su paisano Castrillo fuera celoso, vigilante, prudente, piadoso, moderado y sobrio. Casi ná.  

jueves, 12 de febrero de 2026

Crux coronat opus (cuando un oblato mínimo salió en la foto)

 


El hecho está narrado por Padre Vatronville y fue recordado hace 70 años por Pio Pecchiai. Corría el año de gracia de 1593 y el Pontífice felizmente reinante (Clemente VIII) decidió que había llegado el momento de colocar la cruz sobre la cúpula de la Basílica Vaticana. Fijó para ello fecha: el 18 de noviembre. En la mañana de aquel día, ante una gran multitud, el Papa bendijo la cruz, disponiendo que  se preparara todo para colocarla en lo alto de la cúpula a primera hora de la tarde. Así se hizo. Papa y cardenales, desde un distante balcón, contemplarían la escena. A la hora preestablecida el obispo encargado de cumplir el rito llegó convenientemente revestido y casi sin aliento por los muchos escalones a los pies de la cúpula. Arquitectos y maestros de obras le indicaron donde debía subir a colocar con sus manos ritualmente la cruz (por supuesto, asegurada y sostenida por fuertes cuerdas). El problema es que a algunos las alturas no nos sientan bien. Y al buen hombre le entró canguelo y empezó a sudar a la sola idea de tener que trepar sobre los andamios superiores. Pasó un cuarto de hora y no se decidía. El Papa empezó a impacientarse y envió emisarios a inquirir qué era lo que estaba fallando. Por más que los que allá arriba le rodeaban trataban de animarle, al pobre obispo le era imposible dar un paso hacia la dirección correcta.

A la sazón había un fraile oblato mínimo, fray Nicolás Lecomte, destinado desde hacía tres años en el convento de la Santísima Trinidad. No sólo había asistido por la mañana al acto de la bendición, sino que había conseguido mezclarse entre los operarios y prestarles buena ayuda. Sabiendo que la cruz sería colocada por la tarde, no regresó al convento. Más todavía, decidió seguir de cerca aquel acontecimiento, subió hasta donde había de culminarse y cuándo le preguntaron qué hacía allí dijo la mentirijilla piadosa de que le había enviado el Papa. Total que al pasar los minutos sin que el obispo se atreviese a culminar la labor, su excelencia reparó en aquel joven fraile mínimo y le dijo algo así como “Hazlo tú”. Fray Nicolás se arrodilló y musitó un “non sum dignus”, pero, percatándose de que era necesario y urgente desbloquear la situación, finalmente, recibida la bendición episcopal, se encaramó, tomó la cruz con ambas manos (más que sostenerla, de lo que ya se encargaba el conjunto del cordaje, se trataba de situarla) y logró erguirla y plantarla adecuadamente sobre la cúpula. Dispararon sus salvas los cañones del castillo, entonaron sus cantos los coros eclesiásticos y la multitud aplaudió enardecida. Ni San Francisco de Paula con sus milagros obtuvo nunca un éxito tan multitudinario.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Entonces se entabló una batalla en el cielo...

 


La nueva Guía Litúrgica-Pastoral 2025-2026 de la Orden de los Mínimos nos ha traído la sorpresa de un nuevo Calendario Litúrgico aprobado por el Dicasterio para el Culto Divino el 1 de noviembre de 2025. Por supuesto, en el Dicasterio es probable que se hayan limitado a recoger con pocas o ningunas modificaciones lo propuesto por la Comisión Litúrgica de la Orden. Los cambios son suficientemente significativos.

Empecemos por los que atañen al patronazgo de los terciarios mínimos. Queda establecido San Francisco de Sales como Patrón principal de la Tercera Orden, por lo que se celebrará como fiesta, en tanto que Santa Juana de Valois queda relegada a simple Patrona secundaria; como segundona, su celebración queda en simple memoria. No pasa nada. No sé si en la Comisión Litúrgica había alguna terciaria, pero está claro que no había ninguna feminista. Históricamente hay que reconocer que sobre San Francisco de Sales hay cierta constancia de su adscripción como terciario en tanto que de Santa Juana la pertenencia se situaba en el campo falible de la suposición.  Es curioso que se aduzca como justificación para este cambio la disposición De Patronis Constituendis, porque, si no me equivoco, es una norma de 1973 (de los tiempos de Tabera-Bugnini), lo que equivale a decir que la Orden, con la anuencia del Dicasterio, la ha estado contraviniendo durante 52 años. 

De otro terciarios históricamente dudosos en su condición mínima como San Juan de Dios y San Vicente de Paúl se conserva la memoria obligatoria, aunque al estar incluidos, independientemente de tal condición, en el Calendario Romano, para el caso viene a ser lo mismo.

Todos los beatos se celebran como memoria facultativa, así que en el futuro, algunas tan recientes como las mártires mínimas de Barcelona beatificadas hace 12 años  o alguna como la del Beato Gaspar de Bono después de casi dos siglos y medio de veneración, sus respectivas celebraciones dependerán ahora en nuestras Comunidades de la particular devoción del Superior. En un alarde de coherencia, no se les ha ocurrido otra cosa que decorar la tapa del Calendario con una pintura que representa al desde ahora facultativo Beato Carlos Hurtrel.

Pero el cambio más significativo es el haber establecido como Patrona de la Orden a la Virgen del Milagro, mandando a San Miguel Arcángel al trastero de los segundones. Resumiendo, que nuestro arcángel patrón con veneración inmemorial y Patrón oficial desde 1670, se ve substituido, tal vez porque no peleaba suficientemente por nosotros, por una advocación mariana de 1842. Esto es desprecio por la historia y centralismo romano. Y si alguien osa discutir estas determinaciones seguramente aprovecharemos para tacharle de poco mariano. O de demasiado progre, por acusar a la reverenda Comisión Litúrgica de machismo y centralismo. Pues nada, que a uno de pronto le ha dado por la sinodalidad bien entendida...


miércoles, 28 de enero de 2026

La motivación material vocacional (echando cuentas)

 


Todavía mi padre era de los que pensaban que la vida religiosa era para los inútiles que no servían para otra cosa. Sólo la experiencia familiarmente cercana le hizo cambiar de opinión. Pero es verdad que hubo un tiempo en que la vida religiosa era una manera de “ganarse” la vida. Esto se daba especialmente en los ambientes rurales y en las vocaciones de hermanos oblatos, gente con mentalidad práctica aunque con dificultades para los estudios reglados. ¿Puede la motivación material ser un impulso, siquiera inicial, de las vocaciones? Tal vez, no lo sé. Hace años, en los tiempos del reclutamiento, los seminarios menores o las escuelas apostólicas como se llamaban en los Mínimos ofrecían la oportunidad de una formación asequible para miembros de familias poco pudientes. De hecho, en la Orden Mínima en España todavía el 75% de los miembros proceden de aquel sistema, lo cual deja en muy mal lugar a los encargados de la pastoral vocacional de las últimas décadas, pues aquel sistema de reclutamiento terminó hace más de 50 años. Volvamos a la pregunta formulada de otro modo: ¿sale a cuenta ser seminarista o religioso? En términos generales, podemos decir que sí, especialmente si contamos con comunidades religiosas económicamente potentes o con sacerdotes que pueden habitar casas parroquiales decentemente arregladitas y cuyos suministros van a cargo de la parroquia. No tanto cuando las comunidades carecen de recursos o las casas parroquiales son una ruina.  Recuerdo una propaganda del día del seminario de hace una docena larga de años que generó cierta polémica porque utilizaba como uno de los argumentos: “te prometo un trabajo fijo”.

 A ver, trabajo hay, y más oferta de empleo que demanda, eso es cierto. Pero si pasamos al aspecto retributivo tan a cuenta no sale. Después de 6 años de estudios superiores difícilmente se hallará una profesión peor remunerada materialmente. Recuerdo una propaganda más acertada de los seminarios norteamericanos que decía: “el trabajo es duro, pero la recompensa es eterna.” Hombre, si nos ponemos sub specie aeternitatis las cosas cambian.

Pero vayamos a nuestra vida en el tiempo con un ejemplo práctico. Advierto, como en las películas, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero es obvio que, como en las películas, esto está basado en hechos reales. Imaginemos alguien que entra en un seminario o en un aspirantado religioso hace treinta y cuatro años. Alguien normalito, adulto, no un jovencito imberbe que no ha trabajado un solo día, sino alguien que tenía ya desde muchos años atrás eso que se llama un “trabajo fijo”. No hablamos de un ejecutivo ni de un directivo, sino de un simple administrativo con dilatada experiencia laboral. Pues bien, esa imaginaria persona percibía en octubre de 1991 un salario bruto mensual de 181.000 pesetas; una vez deducidas las cotizaciones sociales y la retención de impuesto, esto se quedaba en un salario líquido de 134.000 pesetas. Convirtamos esa suma a euros y nos salen, si no me equivoco, 805 euros. Supongamos que esta vocación va adelante, se ordena sacerdote, percibe el salario mínimo (que es lo corriente en la retribución de los presbíteros) y en el año 2025 se jubila. Percibirá entonces una pensión mensual que asciende a la generosa suma de 874 euros. O sea que después de 34 años aquel salario líquido se ha convertido en una pensión un 8,57% superior. No está mal, a no ser que tengamos en cuenta que la inflación acumulada entre aquel octubre y este enero es aproximadamente de un 145%.  Hombre, entonces muy a cuenta no sale. Recuerdo lo que decía un profesor universitario de historia hablando de vocaciones, que él solucionaba rápido el problema, simplemente  “se le dobla el sueldo a los curas y se les pone coche de empresa”. Por supuesto, para financiarlo pensaba, como tantos, en una televisión propiedad de la Iglesia que lleva quince años perdiendo dinero. Que no, profesor, dedíquese a la historia, que no salen las cuentas suficientemente. Que no, joven vocacionado, que si se trata de lo material no sale a cuenta.