
Todavía mi padre era de los que
pensaban que la vida religiosa era para los inútiles que no servían para otra
cosa. Sólo la experiencia familiarmente cercana le hizo cambiar de opinión.
Pero es verdad que hubo un tiempo en que la vida religiosa era una manera de
“ganarse” la vida. Esto se daba especialmente en los ambientes rurales y en las
vocaciones de hermanos oblatos, gente con mentalidad práctica aunque con
dificultades para los estudios reglados. ¿Puede la motivación material ser un
impulso, siquiera inicial, de las vocaciones? Tal vez, no lo sé. Hace años, en
los tiempos del reclutamiento, los seminarios menores o las escuelas
apostólicas como se llamaban en los Mínimos ofrecían la oportunidad de una
formación asequible para miembros de familias poco pudientes. De hecho, en la
Orden Mínima en España todavía el 75% de los miembros proceden de aquel
sistema, lo cual deja en muy mal lugar a los encargados de la pastoral
vocacional de las últimas décadas, pues aquel sistema de reclutamiento terminó hace más de
50 años. Volvamos a la pregunta formulada de otro modo: ¿sale a cuenta ser
seminarista o religioso? En términos generales, podemos decir que sí,
especialmente si contamos con comunidades religiosas económicamente potentes o
con sacerdotes que pueden habitar casas parroquiales decentemente arregladitas
y cuyos suministros van a cargo de la parroquia. No tanto cuando las
comunidades carecen de recursos o las casas parroquiales son una ruina. Recuerdo una propaganda del día del seminario
de hace una docena larga de años que generó cierta polémica porque utilizaba
como uno de los argumentos: “te prometo un trabajo fijo”.
A ver, trabajo hay, y más oferta de empleo que demanda,
eso es cierto. Pero si pasamos al aspecto retributivo tan a cuenta no sale.
Después de 6 años de estudios superiores difícilmente se hallará una profesión peor
remunerada materialmente. Recuerdo una propaganda más acertada de los
seminarios norteamericanos que decía: “el trabajo es duro, pero la recompensa
es eterna.” Hombre, si nos ponemos sub specie aeternitatis las cosas cambian.
Pero vayamos a nuestra vida en el
tiempo con un ejemplo práctico. Advierto, como en las películas, que cualquier
parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero es obvio que, como en las
películas, esto está basado en hechos reales. Imaginemos alguien que entra en
un seminario o en un aspirantado religioso hace treinta y cuatro años. Alguien
normalito, adulto, no un jovencito imberbe que no ha trabajado un solo día,
sino alguien que tenía ya desde muchos años atrás eso que se llama un “trabajo
fijo”. No hablamos de un ejecutivo ni de un directivo, sino de un simple
administrativo con dilatada experiencia laboral. Pues bien, esa imaginaria
persona percibía en octubre de 1991 un salario bruto mensual de 181.000
pesetas; una vez deducidas las cotizaciones sociales y la retención de
impuesto, esto se quedaba en un salario líquido de 134.000 pesetas. Convirtamos
esa suma a euros y nos salen, si no me equivoco, 805 euros. Supongamos que esta
vocación va adelante, se ordena sacerdote, percibe el salario mínimo (que es lo
corriente en la retribución de los presbíteros) y en el año 2025 se jubila. Percibirá
entonces una pensión mensual que asciende a la generosa suma de 874 euros. O
sea que después de 34 años aquel salario líquido se ha convertido en una
pensión un 8,57% superior. No está mal, a no ser que tengamos en cuenta que la
inflación acumulada entre aquel octubre y este enero es aproximadamente de un
145%. Hombre, entonces muy a cuenta no
sale. Recuerdo lo que decía un profesor universitario de historia hablando de
vocaciones, que él solucionaba rápido el problema, simplemente “se le dobla el sueldo a los curas y se les
pone coche de empresa”. Por supuesto, para financiarlo pensaba, como tantos, en
una televisión propiedad de la Iglesia que lleva quince años perdiendo dinero.
Que no, profesor, dedíquese a la historia, que no salen las cuentas suficientemente. Que no,
joven vocacionado, que si se trata de lo material no sale a cuenta.