domingo, 22 de abril de 2018

Orar por el próximo Capítulo General

Con ocasión de la celebración en el próximo mes de julio del Capítulo General de los Mínimos, hace tiempo se distribuyó desde Roma entre las comunidades una oración a recitar diariamente para la preparación del Capítulo; la versión castellana es esta:

Nos encomendamos a ti, oh Padre San Francisco, en nuestro compromiso de dar testimonio en el mundo; estimula nuestra docilidad y buena disposición de renovar la conversión y reconciliación con el Señor para poder testimoniar el gozo del Evangelio.
Movidos por la Palabra que salva y renueva, queremos vivir con pasión el maioris poenitentiae intuitu, como clara manifestación de tu voluntad.
Te pedimos, Padre, que sepamos abrir nuestro corazón al Espíritu en preparación al próximo Capítulo General.
Animados como tú por la pasión de progresar de bien en mejor por la venida del Reino y la salvación de los hombres, te pedimos encarnar los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren.
De esta manera nuestra vida y actividad llevarán el sello del Charitas, motor de tus jornadas y de tu apostolado.
Sí. Todo es posible para el que ama a Dios. De la abundancia del corazón habla la boca.
Oh María, Reina y Abogada de los Mínimos, ruega por nosotros.
Nuestro Padre San Francisco, conserva a tu Familia.

Pues sí, esto es lo que venimos rezando cada día en comunidad. Como ven, no siempre en el lenguaje encarnamos el de los hombres de nuestro tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se dirigió a ustedes con un “Oh” previo? A decir verdad, probablemente esta interjección ha quedado relegada o a la intimidad de las relaciones sexuales o al maravillarse ante los fuegos artificiales. Pero los mínimos, como pueden comprobar, todavía lo utilizamos redactando oraciones recientes.
Más cosas: de pronto, al orante se le ha ocurrido hacia el final recurrir sucintamente a María, pero la última palabra se le deja a nuestro Santo Padre, no sea que se enfade..
Más cosas: la frase evangélica “de la abundancia del corazón habla la boca”. Yo no sé si se trataba de justificar que la oración es larguita o al redactor le ha dado por poner esta frase como podía haber puesto, por ejemplo, “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.
Finalmente: ¿No habría sido más lógico, puestos a orar a intermediarios, recurrir al Protector de la Orden, a nuestro Patrón principal?


Addenda: se ha recibido ya la comunicación con la lista de los capitulares. El resultado de la elección de Comisos ha sido un tanto desconcertante. Salvo un par de excepciones, predominan los jóvenes recentísimos y los maduritos secundarios. La “intelligentsia” ha quedado mayoritariamente al margen. No sé a que se deba, pero sería preocupante que la razón esté en que entre las mentes más preclaras esté cundiendo el desánimo o la resignación. ¡San Miguel Arcángel, protégenos!

martes, 17 de abril de 2018

Ajuares de mínimos en Barcelona en el siglo XIX


Cuando un fraile mínimo moría en el convento de San Francisco de Paula de Barcelona en el siglo XIX se procedía a inventariar, excluidos las propiedades de inmuebles u otros eventuales derechos reales que pudiese tener (respecto a los cuales se hacía testamento inmediatamente antes de profesar), los bienes que dejaba en su celda y un tiempo después se procedía a subastarlos entre los mismos frailes. Comprobando los documentos oportunos, nos damos cuenta de que a veces existían notables diferencias. Hemos pensado comparar los inventarios respectivos tomados a la muerte del Padre Andrés Sagarra (murió en 1826, habiendo sido Corrector local el año precedente) y del Padre Juan Blanch, Lector de teología (murió en 1830).

Padre Sagarra
Padre Juan Blanch
Peculio: 82 libras, 6 sueldos , 3 dineros
3 libras, 3 sueldos
Reloj de repetición de plata
Reloj de bolsillo
15 sillas con un canapé
15 sillas con un canapé
3 hábitos con 3 capillas
2 hábitos con 2 capillas y unas mangas nuevas
2 capas
1 capa de paño
8 calzas y un pantalón
4 calzas entre buenas y malas
8 chaquetas
3 chaquetas
14 camisas
5 camisas
7 pares de medias
5 pares de medias negras y 4 de medias blancas
11 pañuelos blancos y 13 de color
3 pañuelos blancos y 12 de color
4 gorros de dormir
5 gorros de dormir
5 sábanas, 10 fundas de almohada, una colcha y un cubrecama

2 calzoncillos
unos calzoncillos
4 toallas y 13 servilletas

una chocolatera y vajilla
una chocolatera, 8 vasos y 10 jícaras, 2 cuchillos
unas medias botas
un par de zapatos
2 chalecos y manguitos
un chaleco negro
un bastón
un bastón con mango de plata
2 cortinas blancas, dos amarillentas, otras de sobremesa, una de entrada a la celda y otra de la ventana
unas cortinas de alcoba
un baúl
2 baúles
un paraguas, unas alforjas de camino, unas gafas, unos anteojos, un monóculo
un sombrero
un escritorio, un quinqué, 2 tinteros
unas tijeras, un cortaplumas, un mondadientes
una jofaina
una jofaina
un armario, dos mesas y una jaula
una mesa
una estantería con libros
una estantería
una cama con pilares y mosquitera

2 estuches de navajas con todo lo de afeitar
2 navajas con estuche y bolsa
un juego de lotería

12 estoras, un brasero de cobre, unas perchas

un crucifijo, 25 cuadros entre grandes) y pequeños, un relicario

Cáliz con patena y vinajeras, misal y cuaderno

2 albas, 2 cíngulos, 6 casullas, 21 purificadores, 21 lavabos, 3 amitos


Tal vez la ausencia de la cama y de su paramento en el caso del Padre Blanch se deba a que quien formó el inventario consideró que eran de la comunidad y no del difunto. También sorprende a primera vista el elevado número de sillas en ambos casos. Parece que las celdas tenían una considerable superficie (¡25 cuadros!). En todo caso, la situación del Padre Juan Blanch, aunque parezca un pobretón comparado con el Padre Sagarra, no era de las más paupérrimas del convento; un año después murió su hermano el Padre Pedro Blanch, su inventario fue mucho más reducido y comienza diciendo: “Peculio: deudas”...



miércoles, 28 de marzo de 2018

Mínimos y Academias

Aunque la Regla de los mínimos en su capítulo noveno prescribe, por razones de humildad, que ningún fraile reciba el grado de Maestro u otro grado, los Mínimos no han sido una Orden contraria al saber, ni, según alguna de sus siempre sospechosas cartas, parece que lo fuera San Francisco de Paula. Además, la mencionada prohibición de la Regla fue derogada por la Santa Sede en 1736, a instancia de los mínimos españoles, con el fin de que pudieran acceder a cátedras en las Universidades y siempre que los Doctorados o Maestrías obtenidos no les reportaran prerrogativa alguna dentro de la Orden.

Un ejemplo de que el saber y la minimez no son antitéticas se halla en el conocido Padre Mersenne, quien a través de las reuniones en su amplia celda conventual de la Place Royale de París y su correspondencia internacional se halla en el origen de lo que hoy llamamos la comunidad científica, es decir la circulación y el intercambio de ideas, investigaciones y resultados científicos. Y Mersenne no fue el único mínimo que se interesó por el progreso científico y cultural. Muchos otros, desde su humildad mínima, dieron especialmente en el siglo XVIII muestras de su saber y de su interés cultural. En España Pedro de Torres y Alejandro del Barco fundaron Sociedades Económicas de Amigos del País en Almuñécar y Jaén respectivamente. Muchos mínimos fueron miembros de academias locales (Ferry, Sauvade, Nuiratte, Fourcault, D'Auvergne, Sigalloux, Moreni, Pujadas, etc.), sin olvidar a los dos grandes Leseur y Jacquier, que eran académicos de París, Londres, Berlín, etc.

Algunos conventos, como Place Royale en Paris o Trinité-des-Monts en Roma, eran verdaderos centros de vida intelectual. También hoy cabe rescatar del olvido que en el humilde convento de la Victoria de Madrid, que a principios del siglo XIX ya no era la iglesia de moda que pudo ser en tiempos anteriores, tuvo sus sesiones la hoy no menos olvidadísima Real Academia de Sagrados Cánones, Liturgia, Disciplina e Historia Eclesiástica (después será Academia de Ciencias Eclesiásticas), que había tenido su sede inicial en la Real Casa de San Felipe Neri y había recalado en el convento mínimo después de unos años en San Isidro y en el convento de trinitarios calzados.

lunes, 19 de marzo de 2018

La invención de la competitividad


Enmendarle la plana a un Arzobispo Metropolitano y enmendársela en una materia en la cual es, hoy por hoy, el máximo especialista mundial supone sin duda cierto atrevimiento. Hay atrevimientos que provienen de la ignorancia y los que hay que provienen de la afectuosa confianza. En mi caso la osadía tiene su fundamento en ambos motivos, amén de que el asunto es un tema menor, que incluso habrá pasado desapercibido para la mayoría de los lectores del último libro de Monseñor Morosini (La caritas sacrificalis. Il rapporto tra penitenza e carità in San Francesco di Paola).
Entre las interpretaciones novedosas que efectúa en su libro, se halla la de la interpretación del participio de presente “contendentes” contenido en el primer capítulo de la Regla de los mínimos: “Huius Ordinis Minimorum universi fratres...ad sacra consilia scandere contendentes...” Tanto en la página 162 como en la 171 de su libro Monseñor Morosini entiende que el “contendere” ha de ser interpretado en sentido competitivo, es decir que los mínimos, en el elevarse (o escalar) a los sagrados consejos lo hacen compitiendo entre ellos, en una especie de certamen, no se sabe de si a ver quien llega antes o llega más arriba. No conozco que haya precedentes en esta interpretación. Usualmente, desde los primeros tiempos, el “contendentes” se ha traducido como un “que se esfuerzan para”, con mayor razón cuando va unido a un infinitivo (“scandere”). Una traducción castellana actual, la publicada por la Delegación de España en 1993 traduce como “se esfuerzan por ascender a la práctica de los consejos evangélicos”. Montoya, a inicios del siglo XVII, traducía: “a los consejos evangélicos procurando subir”. La versión italiana oficial, publicada junto con las Constituciones en 1986 es : “cercano d'innalzarsi alla pratica dei consigli evangelici...” (con un artificioso “mediante” previo que, ciertamente, no se halla en el original latino). El propio Morosini, cuando tradujo la Regla en 2006, da esta versión: “che lottano per elevarsi ai sacri consigli”. Ahí no parece que esa lucha sea “tra loro”, sino la lucha interior, el propio combate espiritual; en este sentido y no en otro se mueve la interpretación que en su día hizo, por poner un ejemplo más a mi favor, Sor Angeles Martín. No podemos dejar de preguntarnos, cuando la interpretación se aleja de lo usual, si la invención es realmente un hallazgo o una equivocación. Tal vez Monseñor tenga razón y, para entrar por la puerta estrecha de la salvación, realmente lo que quiere decirnos Jesús es que entremos dando codazos para abrirnos paso (Lc 13,24: Contendite intrare per angustam portam).
Yo creo que la (sana, sin duda) rivalidad que Morosini propone deriva más de su contemplatio de la Regla que del rigor de la lectio. Hay algo claro: la improcedencia de la autoridad que invoca respecto al sentido del “contendere”, que es la de la profesora Rizzini. Pues uno, por más que relee lo que la profesora escribe al respecto, tanto en el apéndice a la edición de la Regla del 2006 (a que se refiere Monseñor), como casi literalmente idéntica su intervención en el Congreso de estudios sobre la Regla celebrado en Roma aquel mismo año (actas editadas en 2011), la noción de competitividad se halla completamente ausente. Lo único que Ilaria Rizzini propone no como una idea taxativa sino como una sugerencia introducida por un condicional es una noción que, lejos de la competitividad o del mutuo desafío, se sitúa más en el ámbito de la colaboración, del esfuerzo conjunto, de la ayuda mutua.


viernes, 2 de marzo de 2018

Del Misal y la abstinencia


Por razones que no vienen al caso, hasta ahora no había celebrado mucho con la versión española de la edición tercera del Misal Romano. Por ello, algunos de los cambios sobrevenidos no los había detectado. Pero quiero detenerme en uno que me ha llamado poderosamente la atención. Se trata del Prefacio III de Cuaresma. La edición anterior del Misal castellano lo titulaba “Los frutos de las privaciones voluntarias”, y se decía esto:
“...Porque con nuestras privaciones voluntarias / nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, / a dominar nuestro afán de suficiencia / y a repartir nuestros bienes con los necesitados, / imitando así tu generosidad...”

El texto latino, invariado, titulaba y titula este prefacio como “De fructibus abstinentiae”, y decía y dice esto:
“...Qui nos per abstinentiam tibi gratias referre voluísti, / ut ipsa et nos peccátores ab insolentia mitigaret / et, egentium proficiens alimento, / imitatores tuae benignitatis effíceret...”

Pues bien, la nueva edición del Misal castellano hoy es acentuadamente literal. Titula “Los frutos de la abstinencia”, y reza así:
“...Tú has querido que te diésemos gracias / mediante la abstinencia / para que, nosotros, pecadores, / dominásemos con ella nuestro orgullo / e imitásemos tu generosidad / dando de comer a los necesitados...”

Por supuesto, el subrayado es mío. Resumiendo, que ni quienes en Roma prepararon la edición tercera del Misal, ni quienes en la Conferencia Episcopal Española lo tradujeron pensaron que la colectiva abstinencia era cosa superada, de otros tiempos, reconducible a quién sabe qué ignotas, indeterminadas e inseguras privaciones o penitencias personales.
En mi humilde opinión, esto lo detecta nuestro mínimo Arzobispo de Reggio-Bova y nos escribe un libro (o al menos un capítulo) sobre la riqueza espiritual de la abstinencia como acción de gracias. Y si no lo ha detectado aún, probablemente se deba a que la versión italiana sigue siendo un Tárgum del original latino:
“(I frutti della penitenza)”
“...Tu vuoi che ti glorifichiamo / con le opere delle penitenze quaresimale, / perché la vittoria sul nostro egoismo / ci renda disponibili alle necessità dei poveri / a imitazione di Cristo, tuo Figlio, nostro salvatore...”
(Nótese que dar gracias se ha convertido en glorificar, el alimentar en hacerse disponibles y lo que se imita no es ya la benignitas del Padre sino a Cristo, toma del frasco, Carrasco).

lunes, 12 de febrero de 2018

1000 maneras de rezar en el coro



O más. Nuestra Regla, en su capítulo cuarto, sobre el rezo en el coro del Oficio, rezo que es una exigencia, una obligación, un compromiso, un pasivo cierto (de ahí, que se emplee la expresión “persolvant divinum Officium”), da estas indicaciones:


  • cum tremore alacriter
  • simpliciter explicando seu computando absque notulis
  • reverenter ac caeremonialiter


La segunda indicación (el rezo sin canto) y la tercera (con reverencia y las debidas ceremonias) tienen que ver con lo externo, lo formal, en tanto que la primera, aunque tiene su reflejo en el exterior, acentúa la disposición interior (esto es, con ardor y temblor o, en la traducción parafrástica italiana, “con spirito di santo timore e di esultanza”).


A partir de aquí, son mil las maneras de rezar en coro que se encuentran en nuestras diversas comunidades y dentro de cada comunidad. Como se dice en catalán, “tants caps, tants barrets” (literalmente, tantos sombreros cuantas cabezas, equivalente a cada maestrillo tiene su librillo).


En principio, los que rezan con mucho tremore y poco alacriter, y viceversa. Hay frailes que rezan con una voz lastimera, de la que cualquier exultación está ausente, más bien parece que estén patéticamente atados al potro del tormento. Otros, en cambio, parecen rezar para un Dios sordo, como si quisieran ser oídos hasta los límites del orbe o como si antes de acudir a la cita coral se hubieran tomado media docena de bebidas energéticas. O, lo que quizás es todavía peor, hay comunidades, particularmente femeninas, en las que el rezo se uniformiza en una voz robótica y neutra. El ritmo es también un reto. Hay quien reza los versículos de un golpe de voz y, siguiendo una costumbre tradicional, intercala un silencio equivalente a decir “Avemaría” y hay quien, observando escrupulosamente todos y cada uno de los signos de puntuación, hace cabalgar un verso sobre otro sin dificultad, evitando incluso las sinalefas. Hay quien cantaría siempre todo el oficio, quien no lo cantaría nunca y quien más vale que no lo cante jamás. Conviene recordar que la prohibición del canto, interpretada en los orígenes (1508) dentro del engranaje de la vida cuaresmal, fue abrogada, por motivos tal vez en última instancia económicos, en 1754 por el Papa Benedicto XIV que permitió el uso en los mínimos del canto gregoriano.


Capítulo aparte es el del atuendo. Si durante siglos se ha observado el uso del santo hábito en coro, hoy día (a pesar de que este uso sigue siendo prescrito por las Constituciones) la vestimenta es entre los frailes más variada. Habrá influido también en ello el que, con la reducción del número de conventuales y el aumento de ancianos, frecuentemente se ha sustituido el gélido y desproporcionado coro de la iglesia (una desproporción realmente asombrosa se ejemplifica en uno de los más recientes coros extraeuropeos) por el más acogedor y familiar oratorio interno. Y así hay mil maneras de vestir en el coro: con hábito, con traje de oficinista, con camisa de camionero y jeans, con chándal, etc.; hoy en unos laudes mínimos pueden hallarse religiosos con incluso gorras, pantuflas, bermudas o chancletas.


Positivamente hay que señalar que, hasta donde yo sé, en contraste con épocas anteriores (donde la predicación o la enseñanza o su preparación respectiva fundamentaban las exenciones), no suelen haber demasiados religiosos exentos de coro. Las ausencias son excepcionales y responden en la mayoría de los casos a enfermedades que realmente impiden seguir adecuadamente esta dimensión primordial de la vida regular. Tanto es así que hemos conocido casos de frailes mayorcitos a los cuales para otras cuestiones se les iba bastante la olla, pero que, en cambio, se desempeñaban admirable y fielmente en el rezo del coro. Resulta hoy, en cambio, difícil de imaginar un caso como el del Beato Gaspar de Bono; como se sabe, en la última época de su vida padeció una enfermedad renal que le constreñía a miccionar frecuente e imprevisiblemente; no le arredró ello en su fidelidad al rezo comunitario, ya que solucionaba el problema llevándose al coro una “bacinilla”... O sea, mil y una maneras de rezar.

viernes, 5 de enero de 2018

2018, año capitular

En esta año 2018 se celebrará el 85º Capítulo General de la Orden de los Mínimos. El lema previsto para esta reunión capitular es: “Testigos de Cristo en la condición de conversión y de éxodo”. Todas las comunidades y cada religioso han tenido (o deberían haberla tenido) ocasión, desde el pasado mes de septiembre, de examinar el Instrumentum laboris elaborado por la Comisión correspondiente, de implicarse en la reflexión sobre el mismo y de aportar su colaboración para que sea tenida en cuenta en la preparación del Capítulo. El Instrumentum laboris son seis fichas que comprenden un total de 72 páginas. Algunas de las primeras fichas han sido redactadas en un lenguaje lo suficientemente abstruso como para que a uno se le quede cara de bobo y muchas de las preguntas son tan abiertas que uno se siente realmente un pazguato. Por suerte, la preclara intelectualidad de la Orden sabrá responder y hacer aportaciones provechosas para nuestro instituto.
Un servidor, que eclesiásticamente no ha pasado de bachiller, ha sacado, dentro de su falibilidad, sus propias conclusiones. Ante todo, una clara opción francisquista. No se podrá decir que la Comisión preparatoria no se halla en línea con el actual Papado y especialmente con la CIVCSA. Salida, periferias, humanización, cultura actual, pobres, humanización, contemporaneidad, mundo, humanización, interpelación, ferialidad, novedad, humanización. Modernidad, mundo moderno. El pasado es para los museos, la arqueología para los arqueólogos, no somos Indiana Jones.
Solo quiero recordar que no es la única opción posible. Que en la cristiandad hay quien plantea el futuro que se avecina en otra línea. La opción benedictina, por ejemplo. No estoy hablando del Emérito, sino de los planteamientos de Dreher y sus seguidores. El futuro nos dirá qué opción es la acertada. Mientras tanto, vamos a seguir en retroceso.
Las nuevas fundaciones pueden ser prometedoras, pero presentan interrogantes que no pueden soslayarse. Lo único sensato que puede decirse sobre ellas es que no hay que dejarlas a su suerte. Allí donde, tal vez precipitadamente, se hicieron concesiones bajo capa de inculturación, allí donde la implementación inmobiliaria se efectuó decidida e íntegramente desde el principio, allí donde se confió en la plena autonomía, es donde se ha dado lo que puede acarrearnos los mayores males, aquello que durante décadas no se produjo en nuestros probandatos y escuelas apostólicas por los que pasaron centenares y centenares de alumnos. Esperemos que no se incurra en el mismo error respecto a otra posible fundación asiática...
No faltará quien piense que, como otras congregaciones, caminamos paulatinamente hacia la extinción. Bueno, los cielos y la tierra pasarán, pero en cualquier caso tampoco se ve la necesidad de acelerar la desaparición. En esto me voy a permitir ser claro, rotundo, tajante: TOCAR EL VOTO DE VIDA CUARESMAL ES DISPARARSE EN LOS PIES. Y, sin embargo, parece que hay quien, como si no tuviera nada mejor que hacer, está ya con el arma cargada.